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El final de la vida en el cine. De Million Dollar Baby (2004) a El paciente inglés (1996)

Wilson Astudillo Alarcón1 e Iñigo Marzábal Albaina2

1Centro de Salud de Bidebieta-La Paz. San Sebastián (España).
2Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad del País Vasco (España).

Correspondencia: Wilson Astudillo. Bera Bera 31-Iº Izqda. 20009, San Sebastián (España).

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Recibido el 10 de diciembre de 2006; aceptado el 20 de diciembre de 2006


En el arte es menos difícil tratar la muerte que la vida

Chéri Samba, pintor africano


Pues bien; lo que yo quiero son hechos. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que hechos. En la vida sólo son necesarios los hechos. No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás hace exclamar Charles Dickens al Sr. Gradgrind al inicio de su novela Tiempos difíciles. Imbuido en el positivismo de la época y obsesionado por preservar su hogar y la educación de sus hijos del malsano influjo de la literatura, este personaje considera que cuando la ficción entra por la puerta la razón huye por la ventana. Sin duda, en nuestra tradición occidental es Platón quien sienta las bases de esta desconfianza. En su querella entre filósofos y poetas expulsará a estos de la República y a la poesía del mundo de las ideas, pues tanto la épica como la tragedia inducen al espectador a experimentar sentimientos (piedad y temor) al margen de la voluntad racional.

Todos estamos impelidos a tomar decisiones constantemente. Pero ese proceso de toma de decisiones no es meramente racional, está poblado de fantasmas y zonas opacas. De ahí la importancia que concedemos a las narraciones. De ahí esa constante antropológica: no existe civilización alguna conocida que no haya sido capaz de dotarse de narraciones en las que reconocerse; la historia de la humanidad es también la historia de las historias, que se ha relatado a sí misma para dar significado a su existencia. En primer lugar, porque tendemos a organizar nuestra vida narrativamente como un modo de dotarla de unidad y sentido; tendemos a articular los hechos que la constituyen en torno, como afirmara el filósofo Alasdair MacIntyre, al “relato de búsqueda” que da coherencia a nuestra biografía. Y, en segundo lugar, porque al ver lo que hicieron los demás, contamos con un cuadro más rico de lo que nos ocurre a nosotros mismos. Pues no deja de ser cierto que las narraciones orales, escritas o audiovisuales ponen en escena a hombres y mujeres que, en cierto modo, se nos parecen; dotados de atributos físicos y morales que los diferencian; susceptibles de hablar, de expresarse y de actuar, de emprender acciones; inmersos en conflictos que cada cual enfrenta a su manera, en su circunstancia concreta y según los recursos de su propia biografía.

De ahí que la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos dedicara su XV curso, celebrado en San Sebastián en noviembre de 2006, a El cine y la medicina en el final de la vida. Y es que el cine constituye la principal fuente de generación de narraciones en nuestra actual civilización de la imagen; porque a través de sus particulares recursos expresivos reproduce más vívidamente que ningún otro medio situaciones susceptibles de promover un diálogo más rico, en torno a los problemas médicos y éticos surgidos de la lucha por la supervivencia: la enfermedad y la muerte, las diferentes maneras de afrontarlas, cómo reaccionan los afectados y qué efectos tienen en los allegados. Y todo ello, desde la perspectiva de los cuidados paliativos. Ya es algo comúnmente aceptado que el objetivo de la medicina actual no es meramente el de curar. La muerte ha dejado de verse como el fracaso de la medicina. Cuando curar ya no es posible, de la mano de la bioética y del movimiento paliativista, comienza a vislumbrarse la posibilidad de cuidar, acompañar y, fundamentalmente, dar respuesta al dolor de los pacientes con enfermedades debilitantes y progresivas de tipo tumoral y degenerativo. En definitiva, tratar de aliviar el sufrimiento del paciente terminal y conseguir que pueda morir en paz.

Por ello, la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos agradece a la Revista de Medicina y Cine la publicación en estas páginas de algunos de los temas tratados en ese curso con vocación claramente multidisciplinar. Pues en él, gentes procedentes de ámbitos aparentemente tan distantes como la medicina, la filosofía o el análisis cinematográfico han puesto su saber y conocimiento al servicio de un mismo objetivo. En el presente número recogemos cuatro aportaciones: Million Dollar Baby (2004) y los cuidados paliativos; Creo que Platón estaba enfermo: cine y filosofía en el final de la vida; Cine, ética y medicina ante el final de la vida: el poder de las metáforas, y El cine en la docencia de la medicina: cuidados paliativos y bioética.

José Elías García Sánchez, Enrique García Sánchez y María Lucila Merino Marcos analizan la película de Clint Eastwood Million Dollar Baby (2004). No siendo una narración de tema estrictamente médico, los autores dividen su trabajo en dos partes: una primera en la que se analiza la relación entre Frankie Dunn y Maggie Fitzgerald, marcada por el peso de un pasado traumático, las relaciones paterno-filiales y la lucha por un futuro mejor, ambientada en el mundo del boxeo, y una segunda, con implicaciones médico-éticas, derivada de la tetraplejia a la que el traicionero golpe de una contrincante ha reducido a Maggie. Aquí sí, cuestiones como los deseos y el proyecto de vida del paciente, dolor y sufrimiento, culpa y responsabilidad, suicidio y eutanasia saldrán a escena.

El trabajo de Antonio Lastra Creo que Platón estaba enfermo: cine y filosofía en el final de la vida es una reflexión sobre el final de la vida, sobre ese “tiempo fuerte” en el que tienen lugar los últimos intercambios y las últimas palabras, desde la filosofía. El autor se reconoce como profano tanto en medicina como en cine; es decir, como alguien que “no demuestra el respeto debido a las cosas sagradas”. A partir de aquí propone al lector un sugerente y original recorrido de mano del pensamiento filosófico sobre esa experiencia sagrada e incomprensible que es la muerte. Y lo hace acudiendo al cine, a ese medio que, según sus propias palabras, “ha mejorado nuestra condición de espectadores, de seres que están delante de cosas sagradas”.

El artículo de Íñigo Marzábal Cine, ética y medicina ante el final de la vida: el poder de las metáforas, parte del hecho de que la muerte sigue siendo un misterio. Poco o nada sabemos de ella, excepto que, algún día, también nos acontecerá. De ahí que sea un terreno propicio para hablar de razones y de emociones, de problemas morales y de dilemas existenciales, de deseos colmados y de proyectos inconclusos. Nos propone dos ámbitos en los que aspiramos a que la muerte tenga algún sentido. La medicina y su saber empírico-técnico, por una parte; la narración y su saber metafórico, por otra. Es de este último saber metafórico del que se ocupa en su trabajo, de la capacidad de las narraciones en general y de una narración audiovisual en particular, para hablar de ese ser para la muerte que es el ser humano, y de hacerlo de forma oblicua a través de metáforas. La narración que revisa es El paciente inglés. A partir de las historias entrecruzadas que pueblan este relato y de las metáforas de las que se sirve, Marzábal muestra cómo la experiencia narrativa puede constituir una verdadera experiencia moral.

En El cine en la docencia de la medicina: cuidados paliativos y bioética Wilson Astudillo y Carmen Mendinueta revisan la potencialidad docente del cine en Medicina Paliativa y Bioética porque éste refleja muy bien la concreción, las circunstancias, el contexto individual y social de la vida cotidiana. Según los autores, el cine es una poderosa herramienta para que los alumnos adquieran experiencia en la resolución de conflictos bioéticos mediante la evaluación de determinadas situaciones que tienen reflejo en las películas, así como para estimular su sensibilidad y que sepan ver más allá de las imágenes. En el artículo se señalan, además, una serie de películas susceptibles de utilizarse en “educación médica”, “cuidados paliativos” y “bioética”.

Por último el número se completa con la sesión habitual de la revista Medicina en fotogramas, en este caso sobre algunos personajes con cánceres terminales que aparecen en carteles de cine.