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Manicomios de cine: la representación de las instituciones mentales y sus procedimientos en la gran pantalla

Beatriz Vera Poseck

Psicología Clínica. Universidad Complutense de Madrid (España).

Correspondencia: Beatriz Vera Poseck. Psicología Clínica. Universidad complutense de Madrid (España).

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Recibido el 9 de marzo de 2007; aceptado el 23 de marzo de 2007


Resumen:

Las instituciones mentales han sido siempre un escenario predilecto del cine, en el que han aparecido asociadas, casi invariablemente, a una visión muy negativa y pesimista. Paradigma de ello es el hecho de que el cine de terror las haya utilizado con frecuencia como lugares endemoniados y poseídos por terribles fuerzas ocultas.

La visión que el cine ha dado de las instituciones mentales ha influido sin duda en la percepción que la sociedad tiene de estos lugares, que son considerados como centros de reclusión en los que no sólo no se cura al paciente sino que se intenta dañarlo y alienarlo. Si bien es cierto que durante siglos ésta fue la realidad de los hospitales psiquiátricos, también lo es que desde hace muchas décadas la situación ha cambiado radicalmente. El cine, sin embargo, continúa ofreciendo la imagen que tenían los manicomios hace ya un siglo.

En este artículo se ofrece un recorrido por la realidad de la institución mental paralelo a un recorrido por cómo los realizadores cinematográficos de todos los tiempos han utilizado la institución mental como base de su trabajo.

Palabras clave: institución mental, manicomio, enfermo mental, cine de terror, terapia electroconvulsiva, lobotomía.


Breve historia de la institución mental

En Europa, a finales de la Edad Media y durante el Renacimiento, era frecuente abandonar a su suerte a quienes eran considerados locos, confinándolos en una pequeña embarcación que navegaba por el río sin rumbo fijo. La nave de los locos, como la llamaban, era la encargada de alejar a estos enfermos de las ciudades y librar a la sociedad de su pesada carga.

Parece que fueron los árabes los primeros en crear hospitales para enfermos mentales, ya desde el siglo V. Sin embargo, no será hasta comienzos del siglo XV (1409) cuando se abra el primer hospital mental en Europa. Se trataba del Hospital de Ignoscents, Folls e Orats, creado por Joan Gilabert Jofré, en la ciudad española de Valencia. Era un centro confortable y adecuado para tratar a los enfermos mentales, en el que se abogaba por eliminar las ataduras y las cadenas, proporcionar actividades y trabajo a los enfermos… España puede considerarse, en este sentido, pionera en el tratamiento institucionalizado. Al hospital de Valencia le siguieron en las décadas siguientes otros en Zaragoza, Sevilla, Valladolid, Toledo, Granada…

Hacia el siglo XVII comienzan a crearse en Europa enormes centros de internamiento cuyo principal fin es recluir a los locos y aislarlos de la sociedad. En las frías y oscuras paredes de piedra de estos primeros manicomios conviven enfermos mentales, discapacitados físicos, mendigos, borrachos, delincuentes, prostitutas, homosexuales… Se trataba de instituciones que no poseían fines médicos ni terapéuticos, sino que estaban destinadas a salvaguardar el orden y la justicia ciudadana.

El primer centro de este tipo es el Hospital General de París, abierto en 1656, pero pronto la práctica se extiende por todos los países europeos. En Londres, los enfermos mentales eran recluidos en el Hospital de Bethlehem (Bedlam), donde los que sobrevivían a las deplorables condiciones, la abominable comida, el aislamiento, la oscuridad y la brutalidad de los guardianes, debían soportar los inhumanos tratamientos: eméticos, purgantes, sangrías y torturas. El Bedlam se convirtió además en lugar de espectáculo dominical para los londinenses, que pagaban su entrada para observar a los internos tras las rejas de hierro. Situaciones parecidas se vivían en la Salpêtrière y Bicêtre (París), el Saint Luke's Hospital (Londres), el Pennsylvania Hospital (Filadelfia), el Hospital para Dementes (Moscú) y el Narrenthurm (Viena).

A finales del siglo XIX y comienzos del XX la situación que ofrecen los manicomios continúa siendo desoladora. En el año 1885 un Real Decreto refleja la concepción social que en esta época se tenía del enfermo mental, que era visto como un ser extraño y temible, poseído por fuerzas diabólicas y demoniacas. El fin de la institución mental en este periodo continúa siendo aislar al enfermo mental a través de la reclusión para proteger a la sociedad sana de sus peligros. No hay fines terapéuticos en estas instituciones y una vez dentro, resulta casi inconcebible abandonarlas.

Es tras la Segunda Guerra Mundial cuando comienza a desarrollarse una reforma psiquiátrica tanto en Europa como en Estados Unidos destinada a cambiar la concepción social del enfermo mental y a eliminar el internamiento en régimen cerrado. Será esta reforma la que transforme drásticamente el concepto de institución mental que se tenía hasta la fecha.

Gracias a esta reforma, la asistencia mental, asociada a la beneficencia, pasa a ser responsabilidad del estado. Los propios gobiernos impulsan políticas de reconversión de la institución mental y se desarrollaron importantes programas de resocialización y reintegración social de los enfermos internados; se promueve la humanización de los hospitales psiquiátricos así como la creación de numerosos centros comunitarios de salud mental. La actividad de esos centros se va haciendo cada vez menos médica, introduciendo, por la vía de la prevención y de equipos multidisciplinarios, un nuevo modelo de intervención sobre los problemas psicosociales de la comunidad.

Dentro de este espíritu reformista, que no ha cesado desde entonces, en el año 2001, la OMS hizo pública la recomendación de sustituir completamente la institución mental tradicional por centros de atención comunitaria, respaldados por la presencia de áreas psiquiátricas en los hospitales generales.

En España, los años de franquismo relegaron la atención psiquiátrica a un nivel obsoleto y completamente alejado de la realidad europea, y no será hasta los años 80 cuando se inicie en nuestro país una nueva reforma psiquiátrica, que pretende sustituir el sistema de institucionalización manicomial por un modelo integral basado en una red estructurada de servicios comunitarios.

En la actualidad existe un desarrollo relativamente desigual entre las distintas autonomías de nuestro país y sólo en el caso de Andalucía se ha producido la casi total eliminación de los hospitales psiquiátricos. En todas las autonomías la asistencia a la atención mental ha sido incluida en la sanidad general, se han desarrollado Unidades de Salud Mental y otras estructuras afines (Unidades de rehabilitación, Comunidades Terapéuticas…) en los hospitales generales y se ha promovido una mayor coordinación e integración de éstas con los servicios sociales comunitarios, de forma que el panorama actual en nuestro país resulta esperanzador.

Ciertamente, durante siglos, los enfermos mentales fueron recluidos en cárceles, leproserías… y la institución psiquiátrica se acercaba peligrosamente a la institución penitenciaria. El manicomio ha sido un lugar grotesco y muy lejano de la medicina. Sin embargo, desde que a mediados del siglo XX comenzara la reforma psiquiátrica, las instituciones mentales han sufrido enormes transformaciones. Hoy en día, la institución mental no es ni mucho menos el infierno que refleja a menudo el cine. Los avances en este campo han sido constantes a lo largo de décadas y en la actualidad, a pesar de ser muchos los puntos a mejorar, la red de atención en salud mental es más que aceptable.

El cine ha perpetuado la imagen del antiguo hospital psiquiátrico y no ha dado fe de la reforma que ha operado en ellos el último siglo, transmitiendo una imagen obsoleta y, por tanto, falsa de la realidad del hospital psiquiátrico. No puede negarse que ésta ha sido la realidad de la mayoría de los manicomios durante siglos, sin embargo, sería injusto obviar la reforma psiquiátrica y negar que, hoy en día, nos encontramos ante un panorama radicalmente distinto. Hay, por tanto, una base real y una justificación a lo que el cine ha mostrado de los manicomios, si bien, no ha reflejado la transformación sufrida y viendo las películas de cine parece que nada hubiera cambiado en los últimos 50 años, cuando sí ha sido así1,2.


Recorrido histórico por los manicomios de cine

Robert Wiene es el primer cineasta en ambientar una película, El gabinete del Doctor Caligari / Das cabinet des Dr. Caligari (1920), en un manicomio. En este famoso filme expresionista, el director de la institución mental se convierte, en la mente delirante del protagonista, en el autor de los asesinatos que aterrorizan un pequeño pueblo alemán, de forma que el espectador queda con la duda de la verdad o delirio de tales acusaciones (figura 1).

A mediados de los años cuarenta se estrena Bedlam (1946), una película dirigida por Mark Robson y ambientada en Londres, en uno de los primeros manicomios que existieron en Europa. Esta cinta va a inaugurar una línea que continuará hasta nuestros días, la que presenta al director del manicomio como un ser despiadado, más loco aún que los propios enfermos a los que trata.

A finales de esta misma década se estrena Nido de víboras/ The Snake Pit (1948), dirigida por Anatole Litvak, en la que asistimos por primera vez en la gran pantalla a una dura denuncia contra el sistema de institución mental imperante en la época. En esta película, Virginia Stuart Cunningham (Olivia de Havilland) es internada en un sanatorio mental por sufrir una perturbación menor que se ve agravada por los nefastos tratamientos a los que es sometida en el sanatorio (figura 2). El mismo estilo de denuncia sigue la famosa película de Samul Fuller Corredor sin retorno/ Shock Corridor (1963), en la que un periodista se hace pasar por loco con el objetivo de entrar en una institución mental y redactar un reportaje, y termina realmente trastornado debido a las terribles descargas eléctricas que recibe. Tan sólo un año después se estrena Shock Treament (1964), de Denis Sanders, con un argumento de base muy similar: un detective debe hacerse pasar por loco para recuperar un millón de dólares escondidos en un manicomio y deberá sufrir la dura vida en el sanatorio.

La década anterior había asistido al estreno de La cabeza contra la pared/ La tête contre les murs (1958), dirigida por Georges Franju, en la que François (Jean-Pierre Mocky), un adolescente rebelde, es internado en una institución mental por sus padres. El sobrecogedor final nos muestra a François tratando de escapar del manicomio sin éxito, y permanece en la retina del espectador la mirada desesperada de terror al ser conducido de nuevo al lugar. La historia se narra desde el punto de vista de François. Tras la película se esconde una declaración de principios para el tratamiento más sensible y humano hacia los pacientes internados en instituciones psiquiátricas, se clama por una reforma del sistema de salud mental, que, de hecho, ya estaba teniendo lugar. Las películas estrenadas durante las décadas de los 50 y 60 reflejan una serie de movimientos sociales que exigían la desaparición total de los manicomios, movimientos que nacen bajo la ideología conocida como antipsiquiatría, que se extenderá durante más de dos décadas por toda Europa.

El año 1975 marca una fecha clave en el cine de manicomios con el estreno de Alguien voló sobre el nido del cuco/ One Flew Over the Cuckoo’s Nest de Milos Forman. Como se analizará más adelante, se trata de la película que mayor influencia ha causado entre la población general en lo que a instituciones mentales se refiere.

Entre los estrenos más recientes, es digno de recordar el thriller de ciencia ficción 12 monos/ Twelve Monkeys (1995), dirigido por Terry Gillian y ambientado en el año 2035. Bruce Willis da vida a James Cole, un hombre que se ve obligado a viajar al pasado para conseguir una muestra del virus que azota a la humanidad del futuro. Una vez allí, no puede regresar a su tiempo y debe permanecer en el pasado, donde será encerrado en un hospital mental al ser considerado como un esquizofrénico delirante. La primera parte de la película muestra el paso de Cole por el manicomio: las habitaciones hacinadas, el trato vejatorio y humillante, el carácter carcelario del lugar, las drogas utilizadas como medio para mantener a raya a los pacientes… (es importante tener en cuenta que el “pasado” es el año 1990). Esta parte de la película refleja, cómo es frecuente en el cine, la angustia del cuerdo que es considerado un loco y encerrado contra su voluntad, sin ninguna posibilidad de demostrar su cordura. Las rejas del manicomio “protegen a la gente de fuera de nosotros” le dice a Cole uno de los pacientes del hospital (figura 3).

Otra película digna de mención es el drama Inocencia interrumpida/ Girl Interrupted (1999), de James Magnold, adaptación de la autobiografía de Susana Kaysen, una adolescente que pasó dieciocho meses ingresada en un hospital mental debido a su conducta desinhibida y rebelde en un entorno conservador. La joven, interpretada por Winona Ryder, será diagnosticada con un trastorno límite de la personalidad y a través de flashbacks conoceremos las circunstancias que la llevaron a ser ingresada en la institución. La película refleja la angustia de la persona sana internada sin motivo, y, una vez más, descontrol, violencia, caos, fármacos a granel, pacientes atados a la cama, electroshocks, baños de agua fría y salas de aislamiento se unen para formar el retrato de un hospital psiquiátrico. Se plasma además otro estereotipo muy común que es el de la institución mental como lugar en el que nada funciona bien y en el que todo se hace al contrario de como debería hacerse.

Un año después llegaba a las pantallas Quills (2000), de Philip Kaufman, un retrato de los últimos días del excéntrico Marqués de Sade, que permaneció la última década de su vida confinado en diversos manicomios franceses y terminó falleciendo en uno de ellos, Hospital Real de Charenton, (uno de los iconos de la psiquiatría clásica francesa junto a La Bicêtre y La Salpêtrière), donde hoy reposan sus restos (figura 4).

No pasó inadvertida K-Pax (2001), de Iain Softley, aunque casi más por el revuelo mediático producido por la demanda impuesta por el director argentino Eliseo Subiela, acusando a Softley de haber plagiado su película Hombre mirando al sudeste (1986). Ciertamente ambas tramas son casi calcadas: un hombre internado en un psiquiátrico asegura venir de otro planeta. El psiquiatra que le atiende comienza a tener dudas y llega a creer que puede estar diciendo la verdad.

Entre los últimos estrenos, cabe destacar The Jacket (2005) de John Maybury, en la que Adrien Brody interpreta a Jack Starks, un veterano de la Guerra del Golfo con una amnesia que le impide recordar el pasado. Se le acusa de un crimen que él no recuerda haber cometido y es declarado inocente por enajenación mental, por lo que se le condena a ser ingresado en un hospital psiquiátrico “para criminales dementes”. El hospital aparece ambientado como si de una cárcel se tratase, con pasillos fríos y salas grises, desoladas y de paredes desnudas. Lo primero que hacen nada más llegar es darle fármacos, despertarlo en mitad de la noche, inyectarle alguna sustancia sedante, atarlo de pies y manos y trasladarlo a una especie de morgue donde es encerrado como si se tratara de un cadáver durante el resto de la noche. No es sino el primero de los muchos tratamientos-tortura a los que será sometido por el doctor Becker y su equipo de ayudantes, a base de drogas, camisas de fuerza, encierros y aislamiento. “Estamos aquí para ayudarle. Queremos lo mejor para usted”, afirmará con frialdad el psiquiatra. Lo terrible de la situación que se presenta en la escena es que el psiquiatra cree en lo que hace, no se trata de una tortura sino de un tratamiento que él cree absolutamente eficaz y que justifica de forma racional de acuerdo a una charla seudocientífica. Sin duda, escenas como ésta son las que ayudan a forjar y mantener los mitos sobre las instituciones psiquiátricas. Mientras permanece encerrado en el frío cubículo de la morgue, Jack descubrirá que es capaz de viajar en el tiempo y ver su futura muerte, por lo que tratará por todos los medios de pasar más tiempo encerrado (figura 5).

No faltan tampoco las incursiones del género cómico en el cine de manicomios. Así, es posible destacar comedias como Máxima ansiedad/ High Anxiety (1977) de Mel Brooks o la española Torapia (2004) de Karra Elejalde. El tono cómico no elimina la adopción de los mismos mitos acerca del psiquiátrico. En Torapia, lo primero que le hacen a Basilio (Karra Elejalde) nada más entrar en San Quintín es someterle a una sesión de terapia electroconvulsiva que le abrasa el cerebro y le deja atontado durante horas. Javier Gurruchaga, en el papel del director del hospital, lunático y despiadado, no duda en achicharrar los cerebros de sus pacientes a los que trata como conejillos de indias con los que experimentar tratamientos de dudosa ética para hacer avanzar la ciencia.

La película de Brooks es una disparatada parodia del cine de manicomios. Al “Instituto Psico-neurótico para los muy, muy nerviosos” llega un nuevo psiquiatra, el doctor Richard Thorndyke –interpretado por el propio Brooks–, que resulta padecer de los nervios casi más que cualquiera de los pacientes. El lugar, aparentemente idílico, un remanso de paz y tranquilidad, en el que los enfermos descansan y se recuperan felizmente, resulta ser el escenario de extraños sucesos, a cada cual más descabellado. No se quedan atrás los psiquiatras que trabajan en el lugar, entre los que destaca el doctor Charles Montague, aficionado al sadomasoquismo y al bondage, que se esfuerza por mantener a los enfermos internados para obtener mayor beneficio económico (figura 6).


Los manicomios en el cine de terror

La institución mental es un escenario muy frecuente en películas de terror. Claro ejemplo de ello son Refugio macabro/ Asylum (1972) de Roy Ward Baker, Dark Asylum (2001) de Gregory Gieras, Gothika (2003) de Mathieu Kassovitz, Terapia diabólica/ Hellborn (2003) de Phil Jones o Madhouse (2004) de William Butler.

Es también frecuente recurrir a antiguos manicomios como escenario tétrico y misterioso en el que tienen lugar insospechados fenómenos, como es el caso de Session 9 (2001) de Brad Anderson, que tiene la peculiaridad de haber sido rodada en lo que realmente fue una antigua institución psiquiátrica, el Hospital mental de Denver. Otro caso de este tipo es el thriller House on Haunted Hill (1999), de William Malone. La película comienza en 1931, la época en la que el psiquiátrico aún funcionaba. Asistimos al dudoso tratamiento que lleva a cabo el equipo de psiquiatras sobre un paciente maniatado, cuando se produce una revuelta colectiva, los psiquiatras son asesinados y los locos se hacen dueños del lugar, que termina ardiendo por completo. Un instituto psiquiátrico para criminales perturbados. Un manicomio de muerte dirigido por un cirujano loco que asesinó a centenares de pacientes. Ya en la época actual, el manicomio permanece cerrado y vacío, hasta que un excéntrico millonario decide sacarle partido publicitario ofreciendo un millón de dólares a aquel que logre salir con vida tras pasar una noche en un antiguo psiquiátrico. El hospital está encantado, plagado de fantasmas y maldiciones, y por él rondan las almas de todos los pacientes que fueron torturados (figura 7).

El cine de terror ha tendido a presentar los hospitales mentales como lugares oscuros, tenebrosos, de paredes frías y muros altísimos, con enfermeras diabólicas y directores dementes. Sin embargo, no sólo el cine de terror ha empleado esta fórmula, en general, todo el cine ambientado en manicomios presenta el lugar de manera semejante.

En general, desde la gran pantalla se tiende a transmitir asociada a la institución mental una sensación de desorden, descontrol y desorganización. En este sentido existe un conjunto de imágenes que se repiten de forma sorprendente en el cine que toma como escenario la institución mental, como el loco al que hay que controlar con camisa de fuerza que debe ser colocada entre varios enfermeros ante la resistencia brutal del sujeto o las imágenes de habitaciones colectivas que comparten varios enfermos, pasillos repletos, comedores hacinados… En este sentido parece imposible que falte la escena de la habitación o salón de los locos, donde cada uno hace gala de su locura y forman una jaula de grillos. No hay película de manicomios donde no esté presente esta situación.

Uno de los recursos que con frecuencia ha utilizado el cine para reflejar la máxima expresión del horror es el de la persona sana que es internada en un manicomio en contra de su voluntad. Si a esto se le añade el mito tan extendido de que una vez dentro del manicomio es imposible salir, estamos ante la fórmula perfecta para crear un escenario de terror y desesperación. Lo que subyace a este marco narrativo es la idea de que los psiquiatras son profesionales incapaces de distinguir entre la locura y la cordura, e incluso que buscan la enfermedad donde no la hay para aumentar la prole de su institución. La ingente cantidad de películas que han utilizado esta situación para desarrollar sus tramas han hecho pensar al público que ser confundido con un loco y encerrado en un manicomio es algo posible, e incluso común, en la realidad psiquiátrica cotidiana.


Los tratamientos manicomiales: terapia electroconvulsiva y lobotomía

Muchas de las películas ambientadas en instituciones mentales muestran los infrahumanos e inútiles tratamientos a los que son sometidos los pacientes internos. Son dos las técnicas más representadas por el cine: la terapia electroconvulsiva y la lobotomía. Ambas fueron utilizadas durante décadas si bien es cierto que hoy en día la lobotomía está completamente obsoleta y aunque aún se practica en algunos casos la terapia electrocounvulsiva, ésta ha sido mejorada y poco se parece a la original.

La lobotomía es una práctica hoy en día obsoleta y olvidada. Consiste en la extirpación total o parcial de los lóbulos frontales del cerebro, o la “cercenación” de las fibras nerviosas que los unen al resto del cerebro. Los lóbulos frontales son los encargados fundamentalmente de la planificación, la “conceptualización” y la voluntad. Es una técnica quirúrgica que tuvo su auge entre los años 30 y 60, que se utilizaba como tratamiento para depresiones muy severas, trastornos obsesivo-compulsivos resistentes al tratamiento y esquizofrenias graves.

Entre las películas que han retratado esta forma de tratamiento cabe destacar De repente, el último verano/ Suddenly, the Last Summer (1959) de Joseph L. Mankiewicz, en cuya primera escena el espectador se cuela en un quirófano en el que se está realizando una lobotomía a una paciente (figura 8).

También la comedia Un loco maravilloso/ A Fine Madness (1966), dirigida por Irving Kershner y basada en la novela de Elliot Baker, toca este tema. Sean Connery da vida a Samson Shillitoe, un poeta rebelde e inconformista que debe enfrentarse a la decisión de su psiquiatra de someterle a una lobotomía. Su comportamiento y sus actitudes no encajan dentro de los límites de una sociedad conservadora que no parece tener una idea mejor que limitar la capacidad mental de Samson manipulando su cerebro.

Terrible retrato de la vida manicomial es Frances (1982), dirigida por Graeme Cliffor, en la que Jessica Lange da vida a la actriz Frances Farmer, que se vio sometida durante años a tratamientos abusivos e inhumanos en los diferentes manicomios por los que pasó. Desde inducción de coma mediante insulina hasta terapias de electroshock, finalizando con una lobotomía prefrontal.

Este tema se trata también en el documental Monos como Becky (1999) del recientemente fallecido Joaquín Jordá. Se trata de un lúcido testimonio de la vida en el interior del hospital psiquiátrico a partir de una aproximación a la biografía de Egas Moniz, psiquiatra portugués, premio Nobel en Medicina, que introdujo las técnicas de cirugía cerebral, entre ellas la lobotomía. Jordá propone a los internos de un hospital mental realizar una función teatral sobre la vida de este psiquiatra y filma el documental sobre la preparación de dicha función. El documental mezcla imágenes en blanco y negro de los testimonios de familiares y conocidos de Moniz con las opiniones de psiquiatras, sociólogos y filósofos, y con la preparación de la función por parte de los internos. El título de la cinta hace referencia a Becky, el chimpancé que actuó como conejillo de indias en la primera lobotomía frontal llevada a cabo. En 1935 un grupo de investigadores realizan un experimento que marcaría la historia de la psiquiatría: extirpan los lóbulos frontales del cerebro de Becky, un animal de comportamiento agresivo y neurótico. Tras la intervención, descubren que el animal se encuentra más calmado y menos ansioso. Este sorprendente descubrimiento fue ilustrado en un congreso realizado poco después, al que asiste maravillado el neurólogo portugués Egas Moniz. Será él quien, basándose en el experimento de Becky, decida replicarlo en un paciente humano. Sólo un año después, Moniz mostraba a la comunidad científica los resultados de su primera veintena de lobotomías. Pero será Walter Freeeman, un psiquiatra norteamericano, quien se encargará de divulgar los maravillosos efectos de la técnica como tratamiento para las enfermedades mentales a lo largo y ancho de Estados Unidos. Acompañado de su fiel cirujano, Freeman realizará miles de lobotomías a pacientes mentales durante las siguientes décadas. Se trataba de una intervención rápida (Freeman llegó a realizar casi cien lobotomías por semana), que a veces, incluso, no necesitaba más que de una herramienta de picar hielo ordinaria y un martillo. Este utensilio se insertaba a través de la cuenca del ojo y se golpeaba con el martillo para romper las conexiones del lóbulo frontal con el resto del cerebro (figura 9).

Varias décadas más tarde, los avances en la psicofarmacología llevaron a la lobotomía a un declive que la hizo desaparecer por completo hacia los años 60. Aún así, en 1951 más de 18.000 personas en Estados Unidos habían sido sometidas a esta práctica.

Hace sólo unos años se estrenó el drama romántico A Hole in One (2004) ópera prima de Richard Ledes, que aún no hemos podido ver en España. En plenos años 50, en un pequeño pueblo del medio-oeste norteamericano, Anna (Michelle Williams), decide someterse a una lobotomía, un procedimiento revolucionario que promete ser la cura para todas sus desdichas. La película pretende ser además una pseudo-biografía de Walter Freeman, el psiquiatra gurú de esta técnica (figura 10).

Ahora bien, el tratamiento manicomial por excelencia es sin duda la terapia electroconvulsiva. Desarrollada hacia 1930, consiste en someter al cerebro a fuertes corrientes eléctricas o convulsiones; los cambios biológicos que resultan producen un cambio en la química del cerebro que se cree que es la clave para restaurar las funciones normales. El curso del tratamiento consta de dos a tres sesiones semanales, durante varias semanas. Es una técnica enormemente controvertida, que aunque en los últimos años ha sido mejorada y hay médicos que la defienden en casos de depresión o esquizofrenia muy graves, otros aseguran que provoca severos daños cognitivos y que la supuesta curación viene dada más por el daño cerebral que deja al paciente en estado catatónico que por la solución real del trastorno.

En la actualidad la técnica continúa aplicándose en algunos casos resistentes al tratamiento farmacológico. Durante el procedimiento, los pacientes están bajo anestesia general y se les administra un relajante muscular para evitar movimientos bruscos y asegurar que durante la convulsión sólo se dé una contracción mínima de los músculos.

Quizá sea Un ángel en mi mesa/ An Angel at my Table (1990), de la neozelandesa Jane Campion, una de las más logradas representaciones del tratamiento con electrochoques. Se trata de la biografía de Janet Frame, novelista y escritora de cuentos neozelandesa. Tras un intento de suicidio, es ingresada en un sanatorio mental donde pasará nada menos que ocho años, diagnosticada erróneamente como esquizofrénica, cuando lo único que padece son problemas de adaptación social derivados de una personalidad tímida e introvertida. Durante sus años de internamiento es sometida a crueles vejaciones y a continuas sesiones de terapia electroconvulsiva que irán mermando su capacidad de pensar. El filme retrata con crudeza la frialdad de los enfermeros y otros asistentes del sanatorio, que no muestran un ápice de humanidad o compasión con los enfermos. Finalmente, Janet, a punto de sufrir una lobotomía, logrará salvarse gracias a la publicación de sus poemas.

El cine ha reflejado sus efectos nocivos en otras películas como Nido de víboras/ The Snake Pit (1948), Alguien voló sobre el nido del cuco/ One Flew Over the Cuckoo's Nest (1975), Requiem por un sueño/ Requiem for a Dream (1999) de Darren Aronofsky o Una mente maravillosa/ A Beautifil Mind (2001) de Ron Howard (figura 11).


La figura del dueño/director del hospital psiquiátrico

Casi irremediablemente asociada al hospital psiquiátrico aparece la figura del director del mismo, presentado invariablemente como un ser despiadado, movido por sucias intenciones, interesado en obtener fama y poder con sus experimentos nada éticos o decidido a destrozar el cerebro de todo aquel que se le ponga por delante.

En algunos casos, el psiquiatra o director del hospital es presentado como un loco; en otros casos se trata de una persona sin ningún escrúpulo, que con sus artimañas y habilidades de sugestión y dominio de la mente es capaz de utilizar a sus pacientes para experimentar con ellos, controlar sus facultades mentales y tenerlos a su plena disposición.

La idea del profesional de la salud mental aquejado de un trastorno mental es otro recurso recurrente en el cine, que se ve exacerbado cuando se trata de películas ambientadas en instituciones mentales. El manicomio regentado por un demente es una idea que atrae enormemente a los realizadores.

Especial mención merecen los psiquiatras encargados de aplicar terapia electroconvulsiva a los pacientes, que son retratados de forma recurrente como sádicos sin escrúpulos que no dudan en subir al máximo el volumen del generador de descargas que freirá el cerebro del afectado.

En la década de los 40, en pleno apogeo de las teorías freudianas se estrena el thriller El cuervo/ Le Corbeau (1943), uno de los mejores filmes del director Henry G. Clouzot. Inspirada en un hecho real, la película narra las tribulaciones que sufren los habitantes de un pequeño pueblo francés al recibir frecuentes cartas amenazadoras que siembran la discordia y la desconfianza. Al final descubrimos que el escritor de estas misivas envenenadas no era otro que el doctor Vorzet, interpretado por Pierre Larquey, el director de la planta de psiquiatría del hospital del pueblo (figura 12).

Bedlam (1946) de Mark Robson, ambientada en el Bethlem Hospital de Londres, el manicomio más antiguo de Inglaterra, es una cruda y veraz recreación del viejo manicomio medieval. El director de la institución, interpretado por el mítico actor Boris Karloff, se presenta como un ser depravado que acumula en su persona todo tipo de perversiones. Por ejemplo es capaz de afirmar que los locos pertenecen a un mundo sin razón y sin alma porque no son más que animales a los que hay que pegar y enjaular.

En estos momentos está en fase de postproducción en España El hombre de arena, de José Manuel González, ambientada en un hospital psiquiátrico en Extremadura, durante los años 60. Nuevamente aparecerá la figura siniestra del director del hospital (Alberto Jiménez), un hombre sin escrúpulos dedicado a hacer la vida imposible a sus pacientes (figura 13).


La influencia de Alguien voló sobre el nido del cuco

Si hay una película que se ha convertido en prototipo de la representación del manicomio en el cine esa es Alguien voló sobre el nido del cuco/ One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975), dirigida por Milos Forman y basada en la novela homónima de Ken Kesey. La película logró un apabullante éxito en taquilla y el reconocimiento de la Academia al alzarse con cinco estatuillas.

El retrato que se hace en esta película de la institución mental, lejos de ser diferente al dado por la mayoría de las películas que tocan el tema, es muy similar. El problema aparece cuando se trata de una película de tan importante difusión que llegó a través de las pantallas a millones de personas, convirtiéndose en un referente clarísimo para el pensamiento de una sociedad que poco conoce de la institución mental salvo lo que ve en los medios de comunicación, de entre los cuales, el cine es uno de los más poderosos.

La película cuenta la historia de Randle Patrick McMurphy, al que da vida el actor Jack Nicholson, un estafador de poca monta que finge una enfermedad mental para eludir la prisión por algunos delitos menores. Logra convencer al jurado y es internado en un hospital psiquiátrico. Pero su personalidad rebelde e inadaptada chocará muy pronto con el orden y la rutina del lugar. Randle cuestiona las normas y anima a sus compañeros a que hagan lo mismo, provocando un enfrentamiento con la institución mental, personificado en la enfermera Ratched, una persona rígida y fría, seguidora escrupulosa de las normas.

En el psiquiátrico, el protagonista será sometido a todo tipo de vejaciones y torturas. Primero le adormilan con fármacos (para el cine la única función de los fármacos parece ser adormilar al paciente y mantenerlo en un estado de catatonia permanente), a continuación será sometido a durísimas sesiones de electrochoque que irán mermando su capacidad de raciocinio, y finalmente será sometido a una lobotomía frontal que terminará de completar la tortura.

El escenario manicomial no es otro que un laberinto de pasillos y habitaciones, lleno de barreras, puertas, cerrojos y ataduras que reflejan el ambiente de represión, control y miedo. En este filme la institución mental se convierte en un agente represivo de la sociedad que intenta poner freno a la creatividad de los espíritus libres. Se perpetúa el manido mito de que el manicomio es un lugar del que una vez que se entra no se sale y en el que no se busca curar a las personas sino controlarlas y alienarlas. El rol del psiquiatra malvado que comentábamos con anterioridad es, en este caso, especialmente explícito.

Randle se convierte así en un héroe que, a pesar de todo lo que tiene que sufrir entre aquellas cuatro paredes, termina venciendo a los malos. Este maniqueísmo absoluto que presenta a los pacientes como héroes y a los profesionales de la salud mental como villanos es, sin duda, uno de los grandes reproches que puede hacérsele a esta película (figura 14).


Referencias

  1. Ferrer A, García-Raffi X, Lerma B, Polo C. Psiquiatras de celuloide. Valencia: Ediciones de la Filmoteca. Instituto Valenciano de Cinematografía. 2006.
  2. Porter, R. Breve historia de la locura. Madrid: Ediciones Turner S.L.. 2003

Foto 1: cartel alemán de El gabinete del Doctor Caligari/ Das cabinet des Dr. Caligari

Foto 2: cartel español (diseño de Soligó) de Nido de víboras/ The Snake Pit, donde aparece la protagonista

Foto 3: cartel español de 12 monos/ Twelve Monkeys con James Cole, su protagonista en primer plano

Foto 4: cartel español de Quills con el Marqués de Sade, su protagonista

Foto 5: cartel español de The Jacket con sus protagonistas

Foto 6: el cartel español de Máxima ansiedad/ High Anxiety reflejando la naturaleza cómica de su trama

Foto 7: los colores del cartel español de House on Haunted Hill ponen al espectador sobre la pista del género al que pertenece

Foto 8: cartel español De repente, el último verano/ Suddenly, the Last Summer, en primer plano Catherine Holly, la protagonista

Foto 9: cartel de Monos como Becky, documental de Joaquín Jordá

Foto 10: la protagonista de A Hole in One (2004), Anna Watson (Michelle Williams), en primer plano

Foto 11: John Nash (Russell Crowe) el esquizofrénico protagonista de Una mente maravillosa/ A Beautifil Mind (cartel español)

Foto 12: cartel francés de El cuervo/ Le Corbeau (diseño de Jacques Bonneaud)

Foto 13: cartel español de El hombre de arena

Foto 14: Randle Patrick McMurphy en el cartel español de Alguien voló sobre el nido del cuco/ One Flew Over the Cuckoo’s Nest