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¿Qué futuro nos espera? Cine y "distopía"

Íñigo Marzabal Albaina

Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad del País Vasco (España).

Correspondencia: Íñigo Marzábal. Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad. Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación. Universidad del País Vasco. Barrio Sarriena s/n. 48940, Leioa (España).

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Recibido el 19 de noviembre de 2009; aceptado el 26 de noviembre de 2009


Pese a que algunos rescoldos permanecen todavía vivos, un ciclo que ha durado varios siglos parece haber finalizado. Aquél que, durante varias centurias, atribuyó al desarrollo tecno-científico una función salvífica: la promesa de mayor felicidad individual y bienestar colectivo de la mano de la inserción de la técnica y de la ciencia en el curso de la Historia. Lejos parece quedar ya el indefectible optimismo con respecto al progreso y a toda la mística que le acompaña. El positivismo ingenuo y entusiasta de los primeros racionalistas hace aflorar hoy, en el mejor de los casos, una condescendiente sonrisa. Y es que la cruel amplificación de catástrofes naturales aceleradas, si no inducidas, por la actividad humana, la proliferación de pandemias universales (ya sean aviares, porcinas o con similar denominación zoológica), la alerta ante los peligros, reales o supuestos, de la manipulación genética o el control informativo, no hacen sino poner en evidencia la fragilidad, cuando no la perversidad, del propio desarrollo tecno-científico.

¿Hacia dónde vamos? Pues no se trata sólo de elaborar un diagnóstico de lo que ya está siendo, sino de ser capaces de presumir lo que podría llegar a ser. ¿Qué futuro nos espera?

De tal manera que si el ser humano siempre ha recurrido a relatos ficticios con el objeto, entre otras cosas, de dar sentido a su existencia, también ha sido capaz de crear ficciones de anticipación, de pensar mundos y realidades posibles en los que sus sueños de emancipación y justicia adquirían cuerpo. Es decir, narraciones literarias que, y no es casualidad que nazcan paralelamente al despuntar de la ciencia, prefiguran organizaciones sociales ideales y perfectas. Es decir, utopías. En el doble sentido que el equívoco origen de la palabra posee: pues utopía puede ser tanto “eu-topos”, buen lugar, como “ou-topos”, en ningún lugar. Pues eso es una utopía, un lugar ideal que, por lo menos todavía, no se encuentra en ninguna parte. De ahí que los primeros utopistas sitúen ese reino de armonía y perfección en lugares aislados o recónditos. Ya sea en la isla de Utopía de Tomás Moro, a quien se atribuye la acuñación del término (De Optimo Reipublicae Statu, deque Nova Insula Vtopiae), en la Ciudad del Sol (La Città del Sole) de Tommaso Campanella o en la Nueva Atlántida (New Atlantis) de Francis Bacon.

Pero en el curso del tiempo, el progreso va mostrando su reverso, alimentando los siniestros escenarios de la transgresión tecnológica y científica: las distopías, las utopías negativas o corrompidas. Si en la utopía se proyectan anhelos y esperanzas, la distopía escenifica los miedos y temores. Si en aquélla se prometía un reino de libertad y autorrealización mediante el ejercicio de la razón, en ésta, los sueños de la razón producirán los monstruos de la opresión y la alienación. Y ningún siglo mejor que el siglo XX, simbiosis-también que no sólo- de barbarie y racionalidad científica, para alumbrar una gran variedad de visiones del Apocalipsis por llegar. Las más conocidas en letra impresa, sin duda, Un mudo feliz (Brave New World) de Aldous Huxley, 1984 (Nineteen Eighty-Four) de Georges Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o La naranja mecánica (A Clockwork Orange) de Anthony Burgess. Todas ellas, con mayor o menor fortuna, poseen su correspondiente correlato audiovisual. Pues no podía ser otro sino el cine quien, con su capacidad de recrear sobrecogedoras atmósferas y materializar oscuras pesadillas, asuma de manera más pregnante la labor de denunciar la fe irredenta en el progreso.

De hecho, es innegable la inquietante visión que en el cine de los últimos años se nos propone del porvenir, de lo por venir. Sólo por citar algunas de las películas más conocidas: Mad Max: Salvajes de la autopista/ Mad Max (1979) de George Miller, Blade Runner (1982) de Ridley Scott, Brasil/ Brazil (1985) de Terry Gilliam, Desafío total/ Total Recall (1990) de Paul Verhoeven, 12 monos/ Twelve monkeys (1995) de Terry Gilliam, Gattaca (1997) de Andrew Niccol, El cartero/ The postman (1997) de Kevin Costner, Dark City (1998) de Alex Proyas, Matrix/ The Matrix (1999) de Andy y Larry Wachowski, El sexto día/ The 6th Day (2000) de Roger Spottiswoode, Minority Report (2002) de Steven Spielberg, Yo, Robot/ I, Robot (2004) de Alex Proyas, La isla/ The Island (2005) de Michael Bay, V de Vendetta/ V for Vendetta (2005) de James McTeigue, Hijos de los hombres/ Children of Men (2006) de Alfonso Cuarón o Soy leyenda/ I Am Legend (2007) de Francis Lawrence.

Y es que no puede dejar de verse la distopía sino como una proyección exacerbada de los miedos contemporáneos. De una o de otra manera, en mayor o menor medida, todas esas narraciones están atravesadas por los mismos temores: a un mundo devastado por alguna conflagración universal o sojuzgado por el poder omnívoro de las grandes transnacionales industriales, financieras y tecnológicas; a la devastadora contaminación medioambiental, consecuencia de la codicia del ser humano, o a la cultural, producto de la masiva migración del “otro”, del extranjero; a la disolución del cuerpo social en una amorfa amalgama de mónadas anónimas y desconectadas o a su control y uniformización a través de medios militares, informativos, psíquicos o farmacológicos; a lo diferente que habita en mí o a lo extraño que a mí se parece, llámense cyborgs, mecas, clones o replicantes.

Y es importante detenerse en este último temor, porque si alguna fantasía ocupa un lugar destacado en nuestro imaginario actual esa es la del poder de la biotecnología. Y es hora de decirlo ya: ¡Toda utopía lleva en sí misma el germen de su distopía! Al caer el velo de la ilusión sólo queda la maldición. Así, la utopía biotecnológica parece brindarnos la salud ideal, la eliminación de la enfermedad y el sufrimiento que ella acarrea, la prolongación de la vida hasta límites insospechados. ¿La inmortalidad? Mediante la decodificación del genoma humano y su manipulación cualitativa, a través de la clonación y la creación de organismos genéticamente modificados, de la mano del despistaje y el diagnóstico “preimplantatorio” se nos promete la erradicación de las anomalías genéticas, la mejora de las capacidades corporales y mentales, la reparación indefinida de los órganos dañados, la perpetuación del individuo en otro idéntico a sí mismo. Pero, casi simultáneamente, surgen los temores e incertidumbres de los que se nutre la pesadilla: “identitarios” (¿quién o qué es un ser así concebido?), sociales (¿es deseable una sociedad constituida por individuos previamente diseñados?), económicos (¿quién posee el control de la industria biotecnológica?, ¿quién pude acceder a ella?), legales (¿qué tipo de legislación cabe aplicar aquí?, ¿qué se puede hacer cuando la norma va a rebufo de la propia investigación?) y, sobre todo y fundamentalmente, morales (se sabe y se puede hacer, pero ¿es deseable hacerlo?, ¿cuál es el umbral de la prudencia?, ¿y el de la dignidad?, ¿tenemos los seres humanos valor o precio? ¿somos fines en nosotros mismos o sólo medios para los demás?).

Buena parte de estas cuestiones están presentes en la película de Michael Bay La isla/ The Island (2005), que el doctor y “bioeticista” Antonio Blanco Mercadé comenta en un artículo de este número. Película, para decirlo benévolamente, menor, pero que, como deja bien claro el autor, apunta hacia esas cuestiones que se nos antojan mayores.